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Salem (único socio de honor de gatofeliz)
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SALEM, socio de honor de gatofeliz

? - 13/03/2008

Para Salem

Qué cara se me quedó. Nadie me la describió; tampoco había ningún espejo, sólo es que aún la siento, noto en el recuerdo la postura en que se quedaron cada uno de mis músculos cuando nos bajaron del coche empujándonos a la cuneta. Porque había otros conmigo, como se habrá deducido ya, un par de colegas de cuyas actitudes no pude percatarme hasta un poco después. De momento me conformaba con no perder detalle de lo que estaba ocurriendo conmigo: me habían cogido por debajo de los sobacos para sacarme del coche y después, sin mucha fuerza, me habían arrojado a la cuneta, donde aterricé firmemente sobre mis cuatro patas entre una mullida sábana de hierba que me llegaba a la barriga. Después salieron mis amigos por el mismo método expeditivo, otro gato y un perro con los que llevaba viviendo algunos años. La hierba estaba húmeda de lluvia reciente y todo el ruido que se oía era el de un suave viento fresco, el rodar de los coches y los ladridos del perro: qué sé yo en qué estaría pensando: él siempre ladraba igual, con lo bueno y con lo malo, hasta que quedábamos solos y venía gimiendo a tumbarse cerca de nosotros. Entonces la puerta del coche se cerró tras la persona con la que yo había vivido los últimos once años y a mi pesar sentí la angustia que sabía que debía evitar y no me quedó más remedio que sacar la lengua cuando el aire se obstinó en no llenar mis pulmones.

Hola. Me llamo Salem, aunque eso es ahora; en otro Salemtiempo sin duda tuve otro nombre, pero eso fue en el pasado, estación propicia a la muerte, el dolor, la incredulidad, y no me acuerdo de cuál era. Aquel día se fijó en mi memoria la posición de cada uno de los músculos de mi cara, de mi cuerpo, cuando vi partir el coche en el que habíamos llegado hasta la mitad de aquella nada. Pensé, no pude evitarlo, que era un juego nuevo, pero al mismo tiempo el corazón se agarrotaba en mi pecho mientras el perro saltaba ladrando al centro de la carretera, miraba para nosotros (¡Vamos, vamos! ¿Os vais a quedar ahí?) en silencio, corría un poco con gran ímpetu acompañado de ladridos cinco o seis metros y terminaba volviendo junto a nosotros sin decir nada. Mi colega gato, más joven que yo, se encontraba medio paso detrás de mí con la boca abierta, las orejas muy erguidas y los ojos asustados más allá del entendimiento.

No siempre las situaciones duran una eternidad: esta fue de esas en las que no te da tiempo a pensar hasta mucho después: aún mirábamos el humo del escape de aquel coche, aún oíamos el ruido de su chapa mientras se alejaba cuando otro paró y alguien nos recogió con la misma facilidad con la que nos habían abandonado.

Nos sentíamos ahogados, confusos, jadeantes... un poco menos el perro, que no sé qué esperanza veía en un futuro inexistente… Quiero decir que desde entonces me he acostumbrado a no ver nunca más allá del momento que estoy viviendo y soy injusto con mi amigo el perro que, en aquella fase de su vida, no tenía por qué haber llegado a conclusión alguna: había sido enormemente feliz y yo desde aquí sólo puedo desear que alguien haya logrado que pueda seguir siéndolo: si es así estoy seguro de que habrá logrado olvidar aquel oscuro interludio.



 

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